Hace un par de décadas compraba la Guía del Ocio de Madrid cada viernes. Abría por la sección de gastronomía y tomaba nota del restaurante recomendado a Madrid para llamar a primera hora, porque muchos otros como yo andaban rápidos para la reserva. Era una influencia limitada, como el rebufo que toman las motos de carreras cuando van a adelantar. Pero daba ese respiro, en el que si se hacían las cosas bien, se hacían clientes y se garantizaba un nombre.
Hoy sucede a media luz, como si un pañuelo tapara la boca de la trompeta mediática, apenas se escucha el eco económico de las crónicas gastrónómicas. Sordina para todos, incluyendo cualquiera de los grandes periódicos o la guía Michelín, epítome del éxito empresarial hostelero durante décadas. Durante un tiempo corrió la idea de que la influencia se desplazaba a internet, donde la crítica era independiente y más cercana. Opiniones que iban a ser frescas, llenas de ilusión y sobre todo muchas, para compensar en el peor de los casos, la falta de experiencia y criterio.
Pero la crisis española arreció al mismo ritmo –si cabe- que las crónicas amateur y no hubo ninguna sustitución, seguramente porque no había nadie a quien sustituir. Es un dato que los nuevos opinadores que aspiraban a influir, han fracasado. No han sido un terremoto, sino un leve epicentro que se ha desinflado en un suspiro que, como mucho, roza las mejillas de otros como ellos; endogamia que, por cierto, ha confundido al comerciante incauto o al listo, que se ha gastado los cuartos en invitar, sin saber todavía que incluso cien mil lectores no son más que un sobre en el que el único billete cierto es el primero y es de cinco euros. Ahí están las noches llenas de vacío en tantos restaurantes que, tras agasajar prolijamente a todos aquéllos que iban a mover masas han acabado ofreciendo descuentos como única estrategia, un justiprecio por sobrevivir.
Los lectores, si los hay, ya no levantan el teléfono. Cien mil voyeurs como el tipo de las películas de Tinto Brass, que hoy por hoy se satisfacen mirando por una ventana de medio punto veneciana, nunca a menos de cincuenta metros. Crónicas que anuncian prosperidad, voceadas, florales y finalmente inútiles, como un amante eunuco animoso que te avisa por teléfono de que en diez minutos te hace el salto del tigre.






