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La plaza de Pontevedra

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Dice el tópico que a las ciudades se las conoce por los mercados. Que las costumbres, las relaciones y la manera de vivir están reflejadas en las plazas. Si por eso fuera, la ciudad de Pontevedra sería un infierno.

Bien al contrario se trata de una de las capitales de provincia más tranquilas y agradables que conozco. Gente, en general, amable y tranquila que se lanza a las plazas en cuanto la lluvia da tregua y llena las terrazas de los cafés. Una ciudad de Casino y Savoy, de prolija fecundidad, con madres asombrosamente jóvenes para lo que se lleva hoy en día. En fin, sitio de funcionarios, que hasta hace poco era tanto como decir plácido.

En la plaza, aunque los arcos son de piedra, a uno lo escanean según los atraviesa. Si bermudas o pantalones, si pijo o perroflauta. El acento, la actitud y el tamaño del bolsillo. Las peixeiras miran de reojo al cliente, como el cazador avista la perdiz. Al de fuera lo calan en un parpadeo. Y cuando uno se decide por un sargo o unas sardinas, empieza a entender las reglas del juego: las colas no se respetan, las señoras se hacen las locas y te adelantan en cuanto cierras los ojos un instante, dan codazos y tocan el pescado con las manos. Las pescaderas se desentienden, claro, y cuando les preguntas el precio, igual te dicen uno que otro, depende de su humor, tu pinta, la hora o Dios sabe qué. Porque a todo esto el producto no está marcado. No, no me refiero a procedencias o nombres -siquiera el nombre vulgar-, quiero decir que hay que preguntar por cada pescado en cada puesto.

Dejemos claro que el producto en este mercado es muy bueno, a veces excepcional. En el caso del pescado azul las horas marcan la diferencia y es difícil o imposible ver en Madrid unos jureles o sardinas combados por el rigor mortis. Pero hay que llegar a ellos. Y claro, cuando a uno le toca el turno tras el correspondiente intercambio de reproches con la señora que intenta pasarle por la derecha, llega encabronado. Podría negociar y entrar en el chalaneo, pero en esta edad media que gasto últimamente, me sale el castellano bacín y borde que llevo dentro y raramente entro en la almoneda. Como mucho hago notar con bastante mala leche, que esos camarones que me intentan colar a 70 el kilo están mezclados y, en su mayoría, muertos. O que en Marín hace décadas que no se pesca cigala.

Dice una amiga de la familia que ella ya no compra en la plaza, que por no luchar con las peixeiras ha dejado de ir a la plaza y ahora hace su compra en el Froiz. Yo lo entiendo, ya son muchas las mañanas en las que el camino no me lleva a la orilla del Lérez, sino al supermercado de la esquina, donde por cierto, por venir, viene hasta la fecha de captura y la procedencia del pez.

Siempre he pensado que esta ciudad vive de espaldas al mar. Ni la ría, sucia y descuidada, en contraste con el coqueto casco antiguo, ni la plaza, ayudan.

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